El Saco de Carbón

Publicado: julio 21, 2011 en Reflexiones

Un día, Jaimito entró a su casa dando patadas en el suelo y gritando muy molesto. Su padre lo llamó y Jaimito lo siguió, diciendo en forma irritada:
–    Papá, ¡Te juro que tengo mucha rabia! Pedrito no debió hacer lo que hizo conmigo. Por eso, le deseo todo el mal del mundo, ¡Tengo ganas de matarlo!

Su padre, un hombre sencillo, pero lleno de sabiduría, escuchaba con calma al hijo quien continuaba diciendo:
–    Imagínate que el tonto de Pedrito me humilló frente a mis amigos. ¡No acepto eso!  Me gustaría que él se enfermara para que no pudiera ir más a la escuela.

El padre siguió escuchando y se dirigió hacia una esquina del garaje de la casa, de donde tomó un saco lleno de carbón el cual llevó hasta el final del jardín y le propuso:
–    ¿Ves aquella camisa blanca que está en el tendedero? Hazte la idea de que es Pedrito y cada pedazo de carbón que hay en esta bolsa es un mal pensamiento que va dirigido a él. Tírale todo el carbón que hay en el saco, hasta el último pedazo. Después yo regreso para ver como quedó.

El niño lo tomó como un juego y comenzó a lanzar los carbones, pero como el tendedero estaba lejos, pocos de ellos acertaron sobre la camisa.  Cuando el padre regresó, le preguntó:
–    Hijo, ¿qué tal te sientes?
–    Cansado, pero alegre.  Acerté algunos pedazos de carbón a la camisa.

El padre tomó al niño de la mano y le dijo:
–    Ven conmigo, quiero mostrarte algo.

Colocó a Jaimito frente a un espejo que le permitió ver todo su cuerpo.  ¡Qué susto!  Estaba todo negro y sólo se le veían los dientes y los ojos.  En ese momento el padre dijo:
–    Hijo, como pudiste observar, la camisa quedó un poco sucia pero no es comparable a lo sucio que quedaste tú.  El mal que deseamos a otros se nos devuelve y multiplica en nosotros. Por más que queramos o podamos perturbar la vida de alguien con nuestros pensamientos, los residuos y la suciedad siempre quedan en nosotros mismos.

Autor Desconocido

Te paso un video, para que veas un video muy crudo sobre la realidad de uno delos países más grandes de América Latina.

No, no la traigo contra los mexicanos, aunque sí me aburrieron hasta el hartazgo sus novelas… pero no puedo olvidar a maestros como Octavio Paz, Carlos Fuentes o Carlos Monsivais. Y por ellos y por los mexicanos que conozco, ¡los amo!

Pero te dejo este link para que hagas el ejercicio de, al verlo, cambiar las imágenes por las de tu propio país… y al escucharlo, cambies “mexicanos” por  el gentilio de tu propia tierra.

Y luego, si estás dentro de las filas de cualquier iglesia cristiana (¡Sí!, cualquiera), pregúntate qué puedes aportar desde los valroes de tu fe para que tu nación sea mejor.

Dios te bendiga. Y no te enojes mucho conmigo, que como tú también me estoy mirando en el espejo…

Es una jungla allá afuera, y esto no es menos cierto acerca de la vida espiritual que en cualquier otro aspecto de la vida. ¿Realmente piensan que sólo porque alguien ha estado meditando durante cinco años, o ha practicado yoga por 10 años, que va a ser menos neurótico que otra persona? A lo sumo, tal vez será un poco más consciente de ello. Sólo un poco.

Es por esta razón por la que pasé los últimos 15 años de mi vida investigando y escribiendo libros sobre el cultivo de discernimiento en el camino espiritual en todas las áreas arenosas – el poder, el sexo, la iluminación, los gurús, los escándalos, la psicología, la neurosis -, así en serio, pero simplemente confundidos e inconscientes, las motivaciones en el camino. Mi compañero (autor y profesor Marc Gafni) y yo estamos desarrollando una nueva serie de libros, cursos y prácticas para ofrecer clarificaciones sobre estos temas.

Hace varios años pasé un verano viviendo y trabajando en Sudáfrica. A mi llegada, fui confrontada de inmediato por la visceral realidad que estaba en un país con la más alta tasa de homicidios del mundo, donde la violación era común y más de la mitad de la población era VIH-Positivo – hombres y mujeres, gays y heterosexuales por igual.

Así como he llegado a conocer a cientos de maestros y practicantes espirituales a través de mi trabajo y viajes, he sido sorprendida por la forma en que nuestros puntos de vista, perspectivas y experiencias espirituales llegan, de manera similar, a verse “infectados” por “contaminantes conceptuales” – esto comprende desde una relación confusa e inmadura hasta los complejos principios espirituales que pueden ser vistos tan invisible e insidiosos como una enfermedad de transmisión sexual.

Los siguientes 10 categorizaciones no están destinados a ser definitivas, pero se ofrecen como una herramienta para la toma de conciencia de algunas de las enfermedades de transmisión espiritual más comunes.

1. Espiritualidad tipo Comida Rápida: mezcle la espiritualidad mezclada con una cultura que celebra la velocidad, la multitarea y la gratificación instantánea, y el resultado es probablemente la espiritualidad de la comida rápida. La espiritualidad de la comida rápida es un producto de la común y comprensible fantasía que el alivio del sufrimiento de nuestra condición humana puede ser rápido y fácil. Una cosa, sin embargo, está clara: la transformación espiritual no se puede hallar en una solución rápida.

2. Falsa Espiritualidad o Espiritualidad de Imitación: la espiritualidad de imitación es la tendencia a hablar, vestirse y actuar como nos imaginamos lo haría una persona espiritual. Es una especie de imitación de la espiritualidad que hace mímica  de la realización espiritual en la forma en que la cuerina estampada como piel de leopardo imita a la auténtica piel de un leopardo.

3. Espiritualidad de Motivaciones Confundidas: A pesar que nuestro deseo de crecer es genuino y puro, a menudo se mezcla con motivos menores, incluyendo el deseo de ser amado, el deseo de pertenecer, la necesidad de llenar nuestro vacío interior, la creencia de que el camino espiritual nos liberará de nuestros sufrimientos y la ambición espiritual, el deseo de ser especial, de ser mejor que, de ser “el único”.

4. Identificarse con las Experiencias Espirituales: En esta enfermedad, el ego se identifica con nuestra experiencia espiritual y lo toma como propio, y empezamos a creer que encarnamos ideas que han surgido dentro de nosotros en determinados momentos. En la mayoría de los casos, esto no dura indefinidamente, aunque tiende a durar más tiempo en los que se creen iluminados y/o que fungen como maestros espirituales.

5. El Ego Espiritualizado: Esta enfermedad se produce cuando la misma estructura de la personalidad del ego llega a estar profundamente arraigada en conceptos e ideas espirituales. El resultado es una estructura del ego “a prueba de balas”. Cuando el ego llega a espiritualizarse, somos invulnerables a la ayuda, a nuevos conceptos, aportes o críticas constructivas. Nos convertimos en seres humanos impenetrables y atrofiamos  el desarrollo de nuestro crecimiento espiritual, ¡y todo en nombre de la espiritualidad!

6. La Producción en Masa de Maestros Espirituales: Hay una serie de tradiciones espirituales de moda producidas por personas que se creen en el nivel de la iluminación espiritual, o los amos; es decir, personas que están  más allá de su nivel real. Esta enfermedad funciona como una cinta transportadora espiritual: póngase bajo este resplandor, alcance esta visión, y – ¡zas! – usted será iluminado y estará listo para iluminar a otros en forma similar. El problema no es que tales maestros instruyan, sino que ellos mismos se presentan como habiendo ya alcanzado el dominio espiritual.

7. El Orgullo Espiritual: el orgullo espiritual se produce cuando el practicante, a través de años de esfuerzo y trabajo, realmente ha alcanzado un cierto nivel de sabiduría y usa este logro para justificar el cierre a nuevas experiencias. La sensación de “superioridad espiritual” es otro síntoma de esta enfermedad de transmisión espiritual. Se manifiesta como una sutil sensación de “Yo soy mejor, más sabios y más arriba que otros, porque Yo soy espiritual”.

8. Espíritu de grupo: También es conocida como pensamiento de grupo, mentalidad de culto o enfermedad de ashram. La mentalidad de grupo es un virus insidioso que contiene muchos elementos tradicionales de codependencia. Un grupo espiritual hace acuerdos sutiles e inconscientes con respecto a la forma correcta de pensar, hablar, vestir y actuar. Los individuos y los grupos infectados con la “mentalidad de grupo “ rechazan a individuos, actitudes y circunstancias que no se ajusten a las normas -a menudo no escritas- del grupo.

9. Complejo de Personas/Pueblo Elegidas: El complejo de pueblo elegido no se limita a los Judíos. Es la creencia que “Nuestro grupo espiritualmente es más evolucionado, potente, inteligente y, en pocas palabras, mejor que cualquier otro grupo”. Hay una importante diferencia entre el reconocimiento de haber hallado por sí mismos el camino, el profesor o la comunidad correcto, y el haber hallado “El Único”.

10. El Virus Mortal “¡Ya He llegado”: Esta enfermedad es tan potente que tiene la capacidad de ser terminal y mortal para nuestra evolución espiritual. Esta es la creencia de que “he llegado” a la meta final del camino espiritual. Nuestro progreso espiritual termina en el punto donde esta creencia se cristaliza en nuestra psique. En el momento en que empezamos a creer que hemos llegado al final del camino, cesa un mayor crecimiento.

“La esencia del amor es la percepción”, de acuerdo con las enseñanzas de Marc Gafni, “Por tanto, la esencia del amor propio es la auto percepción. Uno sólo puede enamorarse de alguien que puede ver con claridad – incluyéndose a uno mismo. Amar es tener para ver. Sólo cuando usted se ve claramente, es que usted puede comenzar a amarse a sí mismo”.

 

En el espíritu de la enseñanza de Marc, yo creo que una parte fundamental de aprender a discernir en el camino espiritual es descubrir las enfermedades del ego que todo lo invade y el auto engaño que está en todos nosotros. Ahí es cuando necesitamos el sentido del humor y el apoyo de amigos realmente espirituales. A medida que nos enfrentamos a nuestros obstáculos para crecer espiritualmente, hay ocasiones en que es fácil caer en una sensación de desesperación y auto disminución,  y perder nuestra confianza en el camino. Debemos mantener la fe, en nosotros mismos y en los demás, con el fin de hacer realmente una diferencia en este mundo.

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Por Mariana Caplan, PhD

Tomado y traducido de: http://www.huffingtonpost.com/mariana-caplan-phd/spiritual-living-10-spiri_b_609248.html

10 Consejos para ayudar a los miembros de un grupo pequeño a sentirse más cómodos

Orar en un grupo puede ser intimidante para los que no lo han hecho antes. Usted se sorprendería de cuántas personas no están acostumbradas a orar en voz alta con los demás escuchando. Esta es una habilidad importante a desarrollar por todos los creyentes a desarrollar porque si dos o más se ponen de acuerdo en la oración hace la voluntad de Dios se haga tanto en la tierra como en el  cielo, y edifica la comunidad de su Iglesia (Mateo 18.19-20).

Estos hay algunos consejos que le ayudarán a aliviar los temores de las personas que no están familiarizadas con la oración en grupo, y les ayudará a participar más cómodamente en esta tan importante práctica espiritual.

  1. Sea breve. La brevedad puede reducir el nivel de ansiedad en el grupo de oración, ya que da tiempo para que otros oren y sirve como modelo para la sencillez en la oración (Mateo 5.7-13). Las personas que no están acostumbradas a orar en voz alta en un grupo verán rápido y brevemente la oración como algo que ellas también pueden hacer.
  2. Sea informal. No construya una gran oración. Cuando llegue el momento de orar, solo comience. Por ejemplo, “¿Todos listos? Oremos. Siéntanse libres para saltar, si lo desean. Señor,…”. Esto hace que la oración se sienta menos intimidante y más natural.
  3. Sea usted mismo. Imagine a Dios sentado frente a usted en el grupo y hable con él como si fuera otra persona (después de todo, Jesús es totalmente humano y él ha prometido estar en medio de nuestras reuniones). Tengamos un flujo de conversación en el cual compartimos con el Señor y evitamos los clichés cristianos o la compleja jerga teológica.
  4. Use las Escrituras. Invite a las personas a expresar sus oraciones con pasajes bíblicos. Se puede leer algo que sea significativo y luego decir: “Yo creo esto acerca de…” o “Esto es verdad por…”, y hacer referencia a su propia necesidad de oración o una que fue compartida por otro miembro del grupo.
  5. Invite a los más confiados a liderar. Es usual que al menos haya una persona en cada grupo  que tiende a ser más directo en la oración, o que resume bien las múltiples necesidades de oración. Al comienzo de su próxima reunión de grupo, pregúnteles cómo se sentirían acerca de facilitar el tiempo de oración. Si están abiertos a hacerlo, tranquilícelos diciendo: “Sé tú mismo; ¡será algo bueno!”
  6. No llame a nadie. Algunas personas tienen miedo a orar delante de los demás, y si son nuevos en el grupo pueden no volver si usted los pone en el centro de atención.
  7. No vaya “en círculo”. Esto pone a las personas que no quieren orar en voz alta en una situación embarazosa, especialmente si eres el único que no ora cuando le toca.
  8. Comparta primero una petición de oración personal. Esto relaja el ambiente para que otros puedan compartir sus propias peticiones, y es un ejemplo de vulnerabilidad de su parte.
  9. Designe a alguien para que escriba las peticiones de oración. Así podrá darles seguimiento en su próxima reunión. Esto cultiva un ambiente cálido y de cuidado, y permite que las personas se sientan más seguras de la participación personal en el grupo de oración.
  10. Practique la integración. Discutir las necesidades de oración fuera del tiempo asignado para la oración en su próxima reunión puede ayudar a integrar la oración más plenamente en la vida del grupo. Esto ayuda a que el grupo de oración se sienta una parte natural de su grupo, a diferencia de un componente agregado o aislado.

Consejos para el crecimiento: Hay un par de formas para fortalecer esta disciplina espiritual con los miembros de su grupo. En primer lugar, introduzca la oración en diferentes partes de su reunión. Por ejemplo, no siempre tienen que seguir el estudio de la Biblia. Además, incluya breves oraciones en su tiempo de discusión y exprese oraciones de diferentes maneras (acción de gracias, adoración, petición, ministración).

Cuanto más lleguen a conocerse unos a otros en su grupo, más libremente se puede pedir a diferentes personas que lideren la oración. Además, si se está quedando corto de tiempo pero aun así quiere tomar tiempo para orar, pida a los participantes que oren sus propias peticiones. En otras palabras, no se tomen el tiempo para que cada persona comparta y oren; la idea que cada uno exprese sus necesidades de oración al grupo mientras ora.

-Reid Smith es el Pastor de Vida Comunitaria en la Christ Fellowship Church (West Palm Beach, Florida) y el fundador de “2orMore”, ministerio de entrenamiento para liderazgo de grupos pequeños. 

Tomado y traducido de: http://www.smallgroups.com/articles/2011/introducingpeople.html

Te falta alma

Publicado: junio 8, 2011 en Uncategorized

Cuenta una vieja historia judía que existía un hombre llamado Don Ver quien era una persona poco común, que llevaba una vida espiritual muy rígida y severa, y en cuya presencia la gente temblaba de temor.  Él era conocido como un experto en el Talmud y en todos los demás textos religiosos de la fe judía.

Don Ver jamás reía; pensaba que la alegría no iba bien con su fe. Estaba convencido de que su relación con Dios solo era posible a través de una vida de sacrificios y privaciones y por eso se hizo famoso por sus prolongados ayunos.  Pero esa austeridad terminó maltratando su salud y enfermó gravemente; sus médicos no podían encontrar la causa de su mal.  Como último recurso, alguien sugirió:  ¿Por qué no pedimos ayuda a Baal Sem Tob?  El enfermo no recibió con agrado esta propuesta, aunque acabó cediendo, por tratarse de un médico con el cual tenía enormes diferencias en materia de fe y a quien consideraba casi un hereje.  Mientras Don Ver creía que la espiritualidad consistía en restricciones, sufrimientos y renuncias, Baal Sem aliviaba el dolor y predicaba que lo que daba sentido a la vida era la capacidad de gozo.

Era más de medianoche cuando Baal Sem salió para atender al enfermo; acudió en coche, vestido con un abrigo de lana y un gorro de piel.  Entró en la habitación del enfermo y lo primero que hizo fue pedirle que leyera uno de los libros sagrados, el Libro del Esplendor.  Don Ver, con desconfianza, pero al mismo tiempo con expectativa, abrió y comenzó a leer en voz alta.

Y cuanta la historia que apenas llevaba un minuto leyendo cuando Ball Sem, el médico, le interrumpió:  “Algo anda mal…  Algo está mal en tu vida espiritual… Algo le falta a tu fe”.

“¿Qué es lo que anda mal?  ¿Qué es lo que me falta”, preguntó el enfermo.

“Te falta alma”, respondió Baal Sem Tob.

¿Pensar y dejar pensar?

Publicado: junio 2, 2011 en Reflexiones

«Pensar y dejar pensar» fue lema de Juan Wesley, el padre del metodismo. Con él expresaba su actitud frente al mundo de los hombres. De los hombres y de las mujeres. Y lo fue no solo para manifestar su propio pensamiento, en su mundo no carente de discusiones teológicas (¿ha habido algún momento de la historia del cristianismo cuando no las haya habido?), sino para plasmar en esa expresión lo que él habría querido que fuese la perspectiva vital de aquel movimiento que, contra lo que habría sido su más íntimo deseo, se había visto obligado a iniciar.

Por mi parte —muy, muy lejos yo, por debajo, de la estatura espiritual e intelectual del mayor de los más conocidos hermanos Wesley—, gusto de hacer, frente al lema de Juan, dos afirmaciones complementarias: «Quien no deja pensar, actúa así porque él mismo no piensa» y «Quien no deja pensar… le tiene miedo al pensamiento».

Considero que las anteriores son afirmaciones complementarias porque, con suma frecuencia, si no siempre, la segunda está ínsita en la primera. Quien no piensa suele tenerle miedo al pensamiento, porque lo perturba, le quita la tranquilidad, lo quiere obligar a pensar… y ello puede resultar peligroso.

¿Quién es el que no piensa?

Se ha dicho desde antaño que el pensamiento —o la capacidad de pensar— es virtud o característica definitoria del ser humano. Aristóteles dijo que el hombre (en sentido genérico) es el animal que posee «logos». Y el gran Unamuno sostuvo que «el hombre es hombre por la palabra». La palabra —la palabra humana— es manifestación, entre otras cosas, del pensamiento. Por eso dijo también que los cangrejos no pueden resolver ecuaciones de segundo grado. El ser humano sí.

No obstante esa habilidad, hay muchos que, al parecer, prefieren no usarla; o usarla al mínimo. Y como sucede con los autos, a veces «el mínimo» es tan mínimo que el motor se apaga. Hasta nos atreveríamos a decir que todos, en algunos momentos de nuestra vida, caemos dentro de esa categoría. El anónimo autor del libro de Eclesiastés, a quien se le suele designar con el título de «el Predicador», dijo —según el texto de la Vulgata, no según el texto hebreo—  que el número de los estultos es infinito («et stultorum infinitus est numerus»). Pero una cosa es cometer un acto (y el pensar es un acto, de los más nobles y sublimes) de estulticia (estupidez, mentecatez, tontería, insensatez) y otra, bastante diferente, instalarse en la estulticia. Esto lo decimos para que nadie crea que consideramos que no hemos cometido estupideces en nuestra vida. Y más de una.

No piensa quien, en asuntos esenciales para la vida, humana y cristiana (y el pensar es esencial), prefiere actuar borreguilmente, siguiendo las manipuladoras «instrucciones» de líderes funcionales o supuestos. Se da esto en todos los órdenes de la vida. Basta, para verificarlo, con leer los artículos de opinión que aparecen en nuestros periódicos. Y se ve hoy, con desmesurada frecuencia, en muchas instituciones que deberían enseñar —y casi obligar— a pensar, incluidas muchas de nuestras iglesias protestantes. Respecto de estas, la manifestación más deprimente se percibe durante sus cultos. El predicador, con machacona insistencia, ordena a sus congregados: «Dígale al que está sentado a su lado…», y todos los presentes, sí, como rebaño (¿acaso no le llamamos «rebaño» a la congregación?), se vuelven hacia quienes están a su lado para decírselo. Y lo hacen, aunque lo que le vayan a decir al circunstancial vecino sea una barbaridad como esta: «el Señor está buscando una burra». (Este ejemplo no es producto de habérseme vuelto calenturienta la imaginación, pues fui testigo de ello). (Dicho sea de paso, ahora, en vez de incluir en nuestra liturgia el «saludo de la paz», tan significativo y tan necesario en nuestros tiempos, se prefiere convertir el santuario en gallinero, con saludos en voz alta y paseos dentro del templo, porque, seguramente, al finalizar el acto cultual ya «no hay tiempo» para el encuentro personal entre los creyentes. La «familia» de fe se disuelve rápidamente).

Del tintero de la experiencia

Sociedades Bíblicas Unidas (SBU) inició hace muchos años, en la América de habla hispana, un programa de actividades educativas que originalmente se llamaban «Talleres de ciencias bíblicas» (nombre que no deja de ser un tanto rimbombante). Hoy se conocen, más bien, como «Jornadas bíblicas» (o algo por el estilo). Quien esto escribe ha tenido el privilegio de participar en esas actividades —ya sean patrocinadas directamente por SBU o por Sociedades Bíblicas nacionales— en todos los países hispanohablantes de la América Latina continental e insular (excepto en Venezuela y, si la memoria no nos traiciona, Guatemala), y en comunidades hispanas de Canadá y EUA. También en España (Madrid, Las Palmas de Gran Canaria y Santa Cruz de Tenerife).

La experiencia ha sido enormemente enriquecedora y, en algunos casos, no carente de dificultades y choques. En todas estas actividades, y sin excepción, se han recibido palabras de agradecimiento y aprecio de parte de la inmensa mayoría de los participantes. Algunos testimonios han sido conmovedores. ¡Hasta poemas les han dedicado a esos talleres o jornadas!
No han faltado, no obstante, reacciones adversas. Legítimas unas; no tanto, otras. Entre estas últimas debe destacarse la oposición provocada por algunos que, al regresar a sus lugares de origen, pusieron en labios de uno u otro profesor palabras que ellos nunca dijeron. O citaron ciertas expresiones sin indicar cuál fue su contexto original.

Quisiéramos destacar un problema que consideramos sumamente grave. En uno de esos países mencionados, cuyo nombre nos reservamos, pues no viene al caso, un dirigente de una denominación, a los que por respeto y consideración no identificamos (pues, de hecho, tampoco viene al caso), escribió al responsable de uno de estos talleres una carta de queja. La inconformidad que dio lugar a esta especie de protesta se centraba en este hecho que dicho dirigente exponía así: el problema al que estos talleres nos enfrentan es que nuestros pastores, al regresar a sus lugares de origen después de haber participado en ese programa, nos plantean preguntas que nosotros no estamos en capacidad de responder.

Preguntas que inquietan

Tal confesión —expresada, nos parece, con total sinceridad e ingenuidad— hace que surja una serie de preguntas inquietantes, que nos atrevemos a plantear en términos generales:

** Los dirigentes de nuestras iglesias cristianas, ¿quieren tener bajo su responsabilidad a pastores y líderes locales que se limiten a repetir la «enseñanza oficial» del grupo denominacional al que pertenecen aunque no puedan dar razón de las ideas que predican?

** El no poder responder a preguntas que tienen que ver con «el ministerio de la Palabra», ¿es causa suficiente para descartar las preguntas y acallar a quienes las planteen?

** ¿Cuál es la causa real del rechazo de ambos (de la pregunta y del preguntador)?:

• ¿se le tiene miedo a la pregunta?

• ¿se rehúsan los dirigentes a pagar el precio de la búsqueda de una respuesta satisfactoria (a «quemarse las pestañas», como solía decir mi viejo profesor de historia del pensamiento cristiano)?

• ¿se prefiere dirigir líderes que no piensen por sí mismos?

Una cosa es tener la valentía de responder, frente a una pregunta difícil: «No sé, pero investiguemos juntos» y otra muy distinta ordenar: «¡No preguntes!». El verdadero profesor, pastor o líder de gentes sigue el primer camino. Quienes quieren seguidores que dejen de pensar, escogen el segundo.
Jesús fue de los primeros.

Plutarco Bonilla

diumenge, 1 de maig de 2011 21:22

Publicado en http://www.lupaprotestante.com